Entrerrianos

Damián Ríos, “Entrerrianos”, ed. Mansalva, junio de 2010.
por Carolina Bugnone*

“Ahora se cuenta la historia de Damián, el playero que atiende el turno noche de la Esso que queda enfrente de la terminal, y la más linda, la de la mejor de las guachas que viven del otro lado de la ruta. Es una historia de amor. No hay amor, no hay historia que no se complique con otras historias, otros amores: de una que voy a contar lo que pasó entre ellos dos y alguna gente más y lo que venía pasando y lo que aún hoy sigue pasando. Esta es, entonces, en un sentido, “el” amor, “la” historia. De última, estamos todos solos.”

Las historias de amor se complican con otros tipos de historias donde, en definitiva, gana la soledad. Está anunciado de entrada. Melancolía y estricta sencillez en el relato lo mantienen a uno cautivado en la “historia de Damián”, amor y desasosiego.

Para escribir sobre algo hay que tener al menos alguna distancia, si no es que la distancia se crea en el momento mismo en que se escribe sobre eso. He ahí el punto de dificultad con me topé al reseñar esta novela. Nacer y criarse en la misma ciudad que el autor y en que se desarrolla la historia, que se mencione en ella lugares y personas conocidas y queridas, son detalles de una sensación absolutamente personal y que, en verdad, al lector de esta reseña puede importarle muy poco.

Damián Ríos, oriundo de Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, cuenta los días de un chico que disfrutó y padeció de una vida dura y hermosa a la vez. Sin apelar a la nostalgia como bastión, sin caer en el exceso de dulzura, sin embargo es tanto una cosa como la otra. El agua inundando todo, avanzando implacable sobre las calles ancianas, los gurises en la zanja mojados y asombrados por el poder del río. Los amigos del barrio, los vecinos, los conocidos en un pueblo chico donde siempre se sabe más de lo que se debiera. El amor. La muerte demasiado pronto, descripta con frescura y bellísima simpleza, la de un nene que mira lo que puede como puede de ese gran acontecimiento que lo agujerea. Crecer, irse a Buenos Aires. Irse y no terminar de irse. Intentar irse escribiendo una novela sobre eso.

Las palabras trasladan al lector hacia ese tiempo subjetivo, los detalles de un discurrir que conjuga una intensa carga emocional transmitida como sin querer, con un lenguaje claro y completamente coloquial, austero y modesto. Ríos tira las palabras, las larga, las suelta frente a la cara del lector como si fueran piedritas inofensivas, pero no lo son: pesan y mucho porque entraman los más profundos sentimientos del personaje, del narrador, del autor, de cualquiera que lo lea.

“El velorio estuvo divertido: se juntaron todos los tíos y se pusieron a contar cuentos. Al otro día la enterramos y esa fue la última vez que vi llorar a papá. Antes de que el cura diera el responso, en la entrada del cementerio, en una sala que hay frente a la administración. Papá había contado cuentos toda la noche y cuando llegó el cajón se fue atrás de unas columnas y estuvo un ratito ahí. Cuando volvió tenía los ojos rojos y me dijo ya cumplí. Y me preguntó si tenía cigarrillos.”
El relato va y viene desde la infancia y adolescencia en Concepción a la actualidad del narrador en Buenos Aires, con su cigarrillo, su computadora, su soledad y sus amores. Durante el relato no se pierde nunca la sensación de ajenidad del entrerriano emigrado a la gran ciudad, la ambigüedad de situarse como un escritor entre la gente y la vida de los porteños, y a la vez no soltarse del origen.

“Cuando digo nosotros pienso en un montón de gente y me doy cuenta de que con ese montón de gente no tengo casi nada que ver. Pero yo voy a parar por un tiempo con el cigarro y, pasado el pico de la crisis, voy a seguir escribiéndote esta novela, y pasándotela por debajo de la puerta y lo único que exijo es un silencio absoluto de tu parte. Ah, en la correspondencia íntima de Flaubert solamente hay alusiones al sexo y la más fuerte es: “te pido que pases esta carta por tus labios y también por ya sabes dónde”. No me mal entiendas, pero el otro día me lo preguntaste, histérica”.

Como dijo el autor que dijo Inés Acevedo, comentando su obra, “Entrerrianos” debería llamarse “Enterranos”. Enterrar a los muertos y a lo que está perdido, enterrar lo que se dejó, despedirse, dar sepultura y quedarse de una vez por todas en paz. Enterrar para que nosotros los lectores nos metamos en esa tierra, respiremos esa historia y nos dejemos tocar por esas imágenes, a través de una escritura que nos deja con ganas de más.

Finalmente, triunfa una daga de ternura filosa, el placer de lo leído como si fuera escuchado, la profundidad del cuento de una vida cualquiera, pura poesía disfrazada de novela.

Links:

Damián Ríos:  entrevista ed. Mancha de Aceite

*Carolina Bugnone: http://lasletrasynosotrosoque.blogspot.com/

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3 comentarios to “Entrerrianos”

  1. me gusto la idea de escribir el exilio como disparador, como catarsis necesaria para despedirse de una etapa de la vida. todos nos exiliamos de alguna manera: de la infancia, de la adolescencia, todos nos aferramos al mismo tiempo y por eso duele y angustia.
    si el libro esta tan bueno como la reseña, es tentador leerlo.
    abrazo!

  2. gracias chicas! es como vos decís lo de los exilios, tal cual g. no tengo demasiada distancia, como conté, el libro me emocionó mucho. es un caramelito dulce y triste. que lo disfruten!

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